La literatura desde el margen, una crónica familiar de los días finales de la Era de Trujillo

ARTE Y CULTURA
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Por Miguel Abgel Fermín.- La carta es el siguiente texto que conforma el hipertexto que configura la ‘nouvelle’ de René Rodríguez Soriano. Tiene un uso extraordinario en el romanticismo. Otras novelas dominicanas la usan. Permite una declaración del personaje. Un diálogo aparente, es un desbordamiento del mundo interior. Es la eliminación de la distancia. Del intimismo a la lo público, las cartas no se escriben —generalmente— para ser publicadas. Muchas veces quedan en el terreno familiar. Por lo contrario, la novela es el relato de la familia y la puesta en público de los sucesos nimios de la familia. La novela del siglo XIX prodigó ese discurso de lo íntimo que se hace público.


En “No les guardo rencor, papá” (Legados ediciones, Madrid, 2019), el diálogo-monólogo que es la carta presenta una voz que reclama la libertad perdida. Y se constituye en un reclamo generacional. La figura del padre autoritario, lo liga con la dictadura. La casa es cronotopo del país. Es el tiempo y espacio en que las ideologías luchan. Desde la construcción de la modernidad, el tiempo nuevo es una apertura a la identidad individual; en la obra, el tiempo viejo es un pasado sellado. La entrada forzada del joven al seminario, que motoriza distintas recriminaciones, da apertura a un nuevo tipo de acción que pone en jaque el ‘dispositivo’ (Foucault, Cours, 1976) que unía la política de la identidad al poder y a la religión.

El mundo familiar se articulaba a partir de la religión y el ideal la familia. Ambas instituciones sostenían, bajo terror, los discursos del poder. Para mantenerlos, las prácticas de relación entre los individuos se daban desde la figura incontrovertible del dictador y la sintaxis que en hogar imponía el padre. De ahí que la rebelión era doble: contra la imagen del padre y contra la imagen del poder representada en Trujillo. La virilidad que aparece en la carta y lo de ‘hombre de bien’, son trazas del discurso del poder que convierte a los sujetos en signos para la dictadura y su orden. Un orden de machos que se imponen, mientras la madre es un signo que busca comprender y proteger la familia.

La voz narrativa que focaliza la historia continúa su autodiégesis en la pág. 35 mediante un contrapunto de la suspensión momentánea del desarrollo de la narración y su filtración en los intertextos citados anteriormente. La velocidad del relato se paraliza, vuelve al principio mediante la ‘analepsis’ y, si no fuera por la entrada de Manuel como estudiante universitario y su ajuste de cuenta generacional, parecería que no progresa. Desde el aterrizaje del avión, las preocupaciones de la familia, los tiros… hasta el encierro cuando llegan los militares, no parece haber mucho progreso en la línea narrativa. Se acumulan circunstancias, elementos interiores. Se vuelve a la familia y a la ideología anticomunista. La familia parece enajenada de la realidad, pero Manuel, el universitario (que simboliza el saber y la acción social), es el único que alborota y trata de cambiar el orden establecido por la figura patriarcal. El generalísimo aparece referido por la voz infantil y transfigurado en una especie de superhéroe: “que el jefe el generalísimo iba a venir para acabarlos a todos que ellos eran muy malos” (36).

La declaración de Abraham Latif, un comerciante libanés de 63 años y padre de dos de los implicados en la invasión parece una transformación en la que el autor se apropia del discurso de un padre que busca defenderse de la acusación de complicidad e intenta salvar a sus hijos Alif y Rubén Darío. La mención de José Daniel Ariza Cabral integra a un participante que luego escribiera su memoria sobre los acontecimientos. En esta parte, el autor ha creado un texto con un efecto de realidad, para introducir una voz muy diversa desde arriba: la del comerciante y su manera de accionar frente a la censura y la represión política. La dictadura muestra en su ideología que solamente hay que actuar siguiendo su sintaxis. Y los subalternos sometidos lo saben. A través de la ideología habla el poder. Si el lenguaje es el inconsciente, como dijo Lacan, en la conciencia del lenguaje habita el poder, como la familia en su casa y la casa en la nación.

El diario continúa en la página 43. La voz femenina narra la interioridad de la casa. La vida religiosa, con su traje de Hija de María, y el amor que no llega. El diario es el fragmento de una novela romántica dentro de los acontecimientos políticos. La joven tiene, al igual la madre, la preocupación por los acontecimientos y encuentra sustentación en Dios, en la Virgen y en las ideas del orden contra el “comunismo disociador de la familia”. El dictador ha encontrado un buen pretexto para combatir toda disidencia. Son los años finales de la dictadura. El cura pone un acento distinto: hay que poner en oración a los que están en la montaña. La iglesia no se encontraba ya tan unida al poder del generalísimo.

El discurso de Manuel (47-50) insiste en presentar la diferencia generacional y construye, de forma definitiva, la imagen de ‘pater familiae’ que, en lugar de dejar que sus hijos construyan su propia identidad individual, quiere que se asimilen a la institucionalidad de la Iglesia. Solo Jorgito y Arcadia parecen salvarse. El reclamo de Manuel, el universitario que se salvó del seminario, inscribe la narración en la historicidad. Los tiempos de libertad han llegado y debe morir el ‘pater’ con su poder contra la diversidad. El padre está atacado por las disidencias, por el cuestionamiento del saber simbolizado en la universidad. El saber hace tambalear el poder patriarcal en la familia, de la misma manera que la juventud que se encuentra en las montañas mina el poder del generalísimo. La iglesia misma comienza a incluir a los otros. Un mundo nuevo se acerca, como un amor que se espera…

El contrapunto, la voz del niño como un monólogo o fluir de conciencia, continúa realizando la crónica de la familia (55-58) con un leitmotiv, el aterrizaje del avión. Ahora narra la llegada y el establecimiento de la guerrilla. El objetivo de los revolucionarios, sus modos de operar. Y el impacto en la familia. Así como la figura de Manuel y las discusiones con su padre y el papel de las actantes femeninas. La voz infantil reconstruye el mundo del cómic, la radio, la música; el peligro del uso de la palabra, las ideologías establecidas por el poder, al contraste entre el discurso patriótico de los sublevados y la ideología anticomunista del régimen. La crónica de la vida dominicana se hace desde la familia y la Iglesia. Las acciones humanas se centran en San José del Puerto y apelan al país. De ahí que la novela sea una metáfora de la sociedad. Una miniatura de las acciones humanas que desde la ficción muestran cómo pudieron ser los acontecimientos.

Con una síntesis, en la que Manuel crece como luchador por la libertad, se realiza el ajuste de cuentas generacional entre los que vivieron y se acomodaron a la dictadura de Trujillo y la nueva generación que lo expulsó del poder. En fin, “No les guardo rencor, papá”, de René Rodríguez Soriano, es una crónica de los últimos años de la Era simbolizados en la lucha generacional de una familia. Una vez más la novelística dominicana se hace desde la periferia. Las grandes ciudades dejan de ser los centros y los márgenes muestran su propia participación en la historia nacional.

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